¿Por qué debemos preocuparnos por la inteligencia emocional de nuestros hijos?

Según Salovey y Mayer (1990), la inteligencia emocional consiste en la habilidad para manejar los sentimientos y las emociones, discriminar entre ellos y utilizar estos conocimientos para dirigir los propios pensamientos y acciones.

A pesar de que es un concepto muy usado en la actualidad, la psicóloga clínica Tristana Suárez opina que vivimos en una sociedad que no está orientada a tener en cuenta el mundo emocional y que se preocupa por lo externo, la productividad o la imagen.

Muchas investigaciones demuestran que las capacidades y las habilidades necesarias para tener éxito en la vida no se pueden medir mediante ningún test de inteligencia. No nos sirve de mucho un cerebro brillante y un elevado coeficiente intelectual si no entendemos las emociones y no somos empáticos. De hecho, varios estudios y expertos aseguran que el 77 % del éxito en la vida depende de la habilidad para percibir, comprender y regular las emociones propias y las ajenas. A la inteligencia “tradicional” solo le corresponde el restante 23 %.

En ese sentido, resulta fundamental ayudar a nuestros hijos a expresar sus emociones de la mejor forma posible.  Un niño podrá desarrollar su inteligencia emocional y su empatía en la medida en que encuentra y se relaciona con adultos que son capaces de reconocer sus emociones, regular y manejar sus estados internos.

Lalu Gómez, psicóloga y psicoterapeuta especializada en infancia y familias, recomienda buscar un momento de tranquilidad e intimidad con los hijos para repasar juntos 3 cosas que hayan sucedido durante el día: algo bueno que les haya pasado, alguien a quien haya ayudado y algo que les gustaría mejorar.

La principal idea es que el niño pueda identificar y nombrar experiencias propias, al mismo tiempo que escucha y observa lo que nos ha pasado a nosotros. De esta forma se logrará fortalecer su identidad y autoconocimiento, lo que facilitará que se conecten con su valor y con sus capacidades.

Por lo tanto, recordemos que un niño que crece rodeado de respeto hacia sus emociones tiene más probabilidades de ser una persona equilibrada. Cuando conocemos y tenemos en cuenta nuestras emociones, funcionamos con más coherencia entre los distintos centros: corporal, mental y emocional. Si un niño se escucha a sí mismo, elegirá mejor a sus amigos, disfrutará de sus juegos, se defenderá antes y mejor en los conflictos, soportará las frustraciones con menos estrés, será más solidario, empático y menos manipulable.